Que forma tan terrible de ver la realidad de una sociedad fracturada fue la masacre que este fin de semana se registró en Tehuitzingo, en la mixteca poblana, hecho que se convirtió en el escenario de una de las tragedias más devastadoras de los últimos años.
Un ataque armado al interior de un rancho en la comunidad de Texcalapa cobró la vida de 10 personas. Entre las víctimas se encontraban seis hombres (incluyendo dos menores de 11 y 14 años), tres mujeres y, de forma desgarradora, una bebé recién nacida de apenas un mes y medio de vida.
Al momento trasfondo apunta a una disputa familiar y está vertiente cambia drásticamente la forma en la que debemos procesar lo ocurrido.
El hecho de que la violencia extrema sea utilizada como mecanismo de resolución de disputas entre consanguíneos nos obliga a mirar hacia adentro. Ya no se trata solo de la insuficiencia de patrullas o del combate a la delincuencia organizada; se trata de una descomposición social latente.
Cuando la violencia escala a tal grado que la vida de una recién nacida o de niños en pleno desarrollo es anulada por personas que, presuntamente, compartían un vínculo de sangre o cercanía con las víctimas, el problema deja de ser un asunto meramente policial para convertirse en una crisis humanitaria y social.
Este suceso en Tehuitzingo expone realidades incómodas que como sociedad solemos evadir entre ellas la normalización de la violencia y la erosión del tejido básico donde los valores se fracturan por rencores, disputas materiales o personales que terminan en masacres.
Arrebatarle la vida a una bebé de semanas de nacida demuestra una desconexión total con la condición humana más básica y una pérdida absoluta de empatía.






