Morena no enfrenta a la oposición. Morena empieza a enfrentarse a sí mismo. Y ése es el principio del verdadero desgaste, sobre todo los partidos que se asumen invencibles. La oposición está perdida, fragmentada y sin liderazgo real. Aún así́ Morena no logra dejar de tropezarse.
El movimiento que prometió una regeneración moral, atraviesa uno de sus momentos más delicados: gobernadores cuestionados, escándalos de corrupción, pleitos internos, operadores peleando candidaturas adelantadas y grupos locales utilizando el partido como plataforma de ambiciones personales.
El problema no viene de enfrente, viene desde adentro. El costo político de ese desorden lo paga la nueva dirigente nacional, Ariadna Montiel Reyes. Asumió la presidencia hace unas semanas en medio de una autentica tormenta política. Montiel llegó a la dirigencia tras la salida de Luisa María Alcalde con una encomienda clarísima desde Palacio y desde el obradorismo duro: poner orden antes de que el desgaste se convierta en crisis.
El problema es que el incendio ya está extendido. Sinaloa, Chihuahua, Veracruz, Tabasco, Puebla. Cada semana aparece un nuevo frente que erosiona la narrativa moral de Morena.
Ex gobernadores señalados, acusaciones de vínculos criminales, disputas internas y operadores usando el poder para resolver agendas personales mientras el partido intenta sostener el discurso de la transformación. Y el episodio vivido el fin de semana en Chihuahua dejó algo muy claro: Ariadna Montiel no llegó a administrar comodidad política. Llegó a apagar fuegos.
Las imágenes del evento mostraron a una dirigente incómoda, presionada y consciente de que Morena empieza a resentir el desgaste natural del poder. Gobernar es mucho más complejo que protestar. En paralelo al caos nacional, Puebla empieza a convertirse en otro dolor de cabeza para el Comité Ejecutivo Nacional. Especialmente por lo que ocurre con la dirigente estatal Olga Lucía Romero Garci-Crespo.
Dentro del propio partido las críticas ya dejaron de ser discretas. Sus propios integrantes describen una dirigencia perdida, sin estrategia territorial, sin operación política y completamente desconectada de las verdaderas prioridades del partido. “Morena en Puebla está abandonado”, resume un secretario del Comité Estatal.
El señalamiento más fuerte tiene que ver con las prioridades personales de la propia dirigente. Mientras Morena intenta contener crisis nacionales, en Puebla la conversación interna gira alrededor del conflicto por una herencia que, según perfiles cercanos a la dirigencia nacional, jamás debió revivirse ni jurídicamente ni políticamente.
En el centro del malestar está la percepción de que Olga Romero convirtió un asunto personal en un problema partidista. Y eso en México no cayó nada bien. Fuentes cercanas al Comité Ejecutivo Nacional aseguran que el tema será central en la reunión programada esta semana entre Olga y Ariadna en la Ciudad de México.
La molestia existe porque consideran que se abrió un frente innecesario utilizando estructuras institucionales y contaminando políticamente un asunto que ya estaba cerrado.
La lectura desde el centro es sencilla: Morena no necesita más escándalos. Mucho menos en estados donde la marca ya empieza a resentir desgaste. Y ése es justamente el punto más delicado para Ariadna Montiel. La nueva dirigente nacional no solamente enfrenta a la oposición, sino a los grupos internos que siguen creyendo que el partido puede usarse para campañas personales, venganzas políticas o disputas patrimoniales.
La narrativa de superioridad moral empieza a fracturarse, los conflictos internos se vuelven públicos y ahí está el riesgo. Durante años se sobrevivió a una narrativa ética que contrastaba con los excesos del PRI y del PAN. Pero el poder transforma rápido a los movimientos políticos.
Hoy dentro de Morena existen grupos enquistados, intereses económicos, operadores regionales y personajes que utilizan el partido exactamente igual que aquello que juraron combatir. eso empieza a generar cansancio incluso entre la propia militancia. Por eso Ariadna Montiel llegó con un discurso duro sobre disciplina interna, control político y cero tolerancia a la corrupción.
Saben que ya no pueden darse el lujo de acumular escándalos locales mientras intenta sostener el control nacional rumbo al 2027. Los dirigentes estatales sin operación política real se convierten en lastres. La reunión en México huele más a advertencia que a cortesía política. En el obradorismo entienden algo fundamental: cuando el poder se desgasta, las primeras cabezas que ruedan son las de quienes no producen resultados.
@FerMaldonadoMX






