Si algo caracteriza a la política poblana es su capacidad para adelantarse a los tiempos. Apenas inicia 2026 y ya hay quienes caminan como si la campaña estuviera a la vuelta de la esquina.
No es casualidad.
En Puebla la política se mueve con años de anticipación. Mientras la ciudadanía apenas intenta entender los cambios de gobierno, en los círculos políticos ya comenzaron las cuentas, las alianzas discretas y, por supuesto, la etapa más visible: la de aparecer en todas las fotos posibles.
Porque en estos tiempos parecería que gobernar o trabajar ya no es suficiente. Lo verdaderamente importante es aparecer.
Aparecer en eventos, en reuniones, en giras, en inauguraciones, en desayunos políticos, en reuniones con liderazgos locales y hasta en cualquier fiesta patronal que tenga suficiente público y, sobre todo, suficientes celulares para documentar la visita.
Así funciona hoy el posicionamiento político.
Primero llega la fotografía.
Después el mensaje en redes sociales.
Y si hay suerte, una nota en algún portal informativo.
Con eso basta para empezar a construir la narrativa del aspirante.
En Puebla esta práctica se ha vuelto casi una disciplina profesional. Algunos políticos han entendido que la política moderna no se trata solamente de construir estructuras o resolver problemas, sino de construir presencia.
Y así comienzan los recorridos estratégicos: hoy en Chalchicomula, mañana en la Mixteca, pasado mañana en la región de Tehuacán o en cualquier municipio donde la visita pueda generar una imagen útil para el archivo político personal.
Mientras tanto, los problemas de siempre siguen ahí: carreteras deterioradas, hospitales saturados, comunidades con carencias históricas y municipios que durante años han esperado algo más que una fotografía.
Pero eso, por supuesto, no suele aparecer en la publicación de redes.
Ahí todo luce distinto: abrazos, sonrisas, cercanía con la gente y discursos cuidadosamente redactados para que parezca que el político en turno acaba de descubrir la realidad de los pueblos.
Lo curioso es que muchas de esas comunidades llevan décadas esperando atención real.
No una visita de media hora.
No una foto para Facebook.
No un mensaje lleno de promesas recicladas.
Esperan algo más simple y más difícil al mismo tiempo: presencia permanente.
Pero en Puebla ya conocemos bien el guion.
Primero llegan las giras.
Después las aspiraciones.
Luego las candidaturas.
Y cuando finalmente pasan las elecciones, muchas de esas comunidades vuelven a quedar exactamente donde estaban: lejos de los reflectores y lejos de quienes un día prometieron no olvidarlas.
Por eso, cuando en los pueblos ven llegar a los nuevos visitantes de temporada, ya no se sorprenden.
Los saludan con cortesía, se toman la foto y siguen con su vida.
Total, en Puebla todos sabemos que hay políticos que recorren el estado… y otros que simplemente lo usan de escenario.
Las guerras que nadie quiere reconocer
Si algo sobra en la política poblana no son aspirantes… son aspiraciones.
Apenas corre el 2026 y en varios partidos ya empezó la etapa que públicamente nadie reconoce, pero que todos practican: la guerra interna. Esa batalla silenciosa donde los enemigos no están enfrente, sino sentados en la misma mesa.
Porque en Puebla la política tiene una regla no escrita: el adversario más peligroso casi siempre está dentro del mismo partido.
Mientras hacia afuera se habla de unidad, hacia adentro se cuentan cabezas, se miden fuerzas y se revisan encuestas como si fueran boletos de lotería.
Cada grupo quiere imponer candidato, cada liderazgo quiere su espacio y cada aspirante se siente, por lo menos en su imaginación, el próximo gran salvador electoral.
Y entonces comienzan los movimientos.
Los recorridos “casuales” por el estado.
Las entrevistas cuidadosamente colocadas.
Las fotografías con liderazgos locales.
Los mensajes ambiguos en redes sociales que dicen mucho sin decir nada.
Todo forma parte del mismo libreto: posicionarse antes de que alguien más lo haga.
En algunos casos la disputa es elegante, llena de discursos institucionales y sonrisas diplomáticas. En otros, la política poblana muestra su versión más auténtica: filtraciones, rumores, golpes mediáticos y una guerra de egos que a veces parece más intensa que cualquier campaña electoral.
Lo curioso es que mientras los partidos se desgastan en sus propias disputas internas, la ciudadanía observa desde fuera con una mezcla de escepticismo y resignación.
Porque al final del día, para muchos ciudadanos las peleas entre políticos suelen parecer una discusión por el poder… no necesariamente por las soluciones.
Y así pasa el tiempo político.
Unos se promueven.
Otros se bloquean.
Algunos se alían hoy para romper mañana.
Todo mientras los discursos siguen hablando de unidad, de proyecto común y de trabajo por el estado.
Pero en Puebla todos saben cómo funciona realmente la política.
Primero vienen las guerras internas.
Después las negociaciones de última hora.
Luego las candidaturas inesperadas.
Y finalmente, cuando todo termina, los mismos que se atacaban hace unos meses aparecen sonrientes en la misma fotografía, levantando la mano del nuevo candidato como si nunca hubiera existido la batalla.
Así es la política poblana: una guerra constante donde nadie admite estar peleando.
Pero todos están compitiendo.
Porque en este estado, más que proyectos de gobierno, lo que nunca faltan son sueños políticos.
Y la pregunta más importante es:
¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?
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