La ficha de los servicios forenses no deja lugar a duda. El proyectil de la pistola escuadra .380 entró por la sien derecha, perforó el cráneo, hizo un orificio en el tercio superior del cristal del vehículo y terminó por impactar en un portón de metal.
La escena que da cuenta de lo sucedido entre la noche del jueves 24 y la mañana del viernes 25 no admite réplica. Rubén Curiel Tejeda había decidido poner fin a su vida.
El funcionario que había dedicado su vida al servicio público, reconocido en la academia, con número en el Sistema Nacional de investigadores tomó la decisión en medio de un contexto familiar extremadamente difícil, pero no fue el único ingrediente.
Testigo de los últimos momentos con vida de Curiel Tejeda, quienes lo saludaron en el evento presidencial en el Centro Expositor la tarde de ese día y la señora Adalit Aguilar, su esposa y viuda con quien tuvo una encendida discusión esa noche. Nadie más.
El hilo de tiempo que marca puntual la cronología de los hechos desde que sale del Centro Expositor y su arribo al sótano tres en el Centro Integral de Servicios está en los teléfonos celulares de los involucrados.
Una mujer encendida, lastimada en su dignidad y su ego, por un lado; por el otro, un acorralado consorte, sujeto por largo tiempo a las presiones propias de su actividad como funcionario, las amenazas que rondaron en su entorno y un destino final.
Sólo, en medio de un desolado paisaje, sin testigos presenciales, rodeado de gruesos muros de concreto y los deficientes servicios de vigilancia que la empresa privada que administra el complejo de edificios gubernamentales provee.
La escena cuenta, como sucede con el potencial suicida. De eso saben quiénes por largo tiempo han dedicado a explorar en la menta de quienes escogen lugar, momento y método para terminar con sus días.
El estruendo que debió escucharse con la detonación de esa .380 en el reducido espacio del conductor del vehículo, rodeo de esa inmensa soledad, terminó por ahogarse.
La investigación ministerial desde que el cuerpo inerte fue encontrado en el vehículo la mañana del viernes, alrededor de las 9:30 está en curso.
Difícil imaginar un resultado diferente al que se observa a detalle en la ficha de los servicios forenses y el peritaje disponible, realizado por la Fiscalía General del Estado.
Un hombre inerte en el habitáculo del vehículo, con la corbata desanudada y envuelto en sangre, con la cabeza gacha y una pistola escuadra entre las piernas, con la mano derecha a centímetros, extendida.
La sospecha de la trama que alimenta la especulación sobre la existencia de una acción concertada para terminar con la vida de quien ciertamente fue fiscal anticorrupción, se cae.
Explicable la indignación y reticencia frente a quienes desde su dolor por afinidad familiar y amistad han dicho que se trata de un homicidio a partir de la información que la víctima poseía como ex fiscal anticorrupción.
Condenable en cambio quienes han aprovechado el trágico final de la vida de quien por años trabajó para construir un nombre en el ámbito de la investigación académica y la función pública.
Son los carroñeros de siempre, en la búsqueda de la obtención de réditos para sus intereses, que reiteradamente resultan exhibidos. La tragedia personal y el duelo familiar es lo que menos cuenta.
@FerMaldonadoMX






