México está a punto de vivir un momento histórico: por primera vez, la ciudadanía podrá elegir directamente a quienes integrarán el Poder Judicial. Este ejercicio no es menor, es un paso decisivo para profundizar la democracia y para romper, de una vez por todas, con el viejo régimen donde jueces, magistrados y ministros respondían a intereses ajenos al pueblo.
El Poder Judicial ha sido, por años, uno de los espacios más cerrados y elitistas del país. Sus integrantes llegaban por designación, por acuerdos políticos o, incluso, por recomendaciones de las cúpulas, lejos de cualquier ejercicio de rendición de cuentas ante la sociedad. Esto ha generado una percepción —y muchas veces una realidad— de que la justicia en México ha sido selectiva, lejana y, en algunos casos, al servicio de los poderosos y no de la ciudadanía.
Este proceso de elección judicial es una bocanada de aire fresco para la vida democrática. Por primera vez, quienes aspiren a ser jueces o magistrados tendrán que responder ante el pueblo, no ante unos cuantos. Tendrán que explicar su trayectoria, su compromiso con los derechos humanos, su visión sobre la impartición de justicia y su autonomía real frente a los poderes económicos y políticos.
Esta reforma no es solo un tema jurídico; es una reforma de fondo que implica que la justicia debe dejar de ser un privilegio y convertirse, de una vez por todas, en un derecho accesible, transparente y cercano a la gente. Es una oportunidad para que las y los ciudadanos participen en la definición de quienes aplicarán las leyes, para que la justicia deje de ser una institución que parece ajena al pueblo y se convierta en una herramienta de igualdad y bienestar social.
La elección del Poder Judicial no busca debilitarlo, al contrario, busca fortalecerlo al darle legitimidad democrática. Quienes argumentan que este proceso pondrá en riesgo su independencia olvidan que la verdadera independencia se logra cuando los jueces responden al pueblo y no a las élites. Se trata de romper con décadas de privilegios y de construir un Poder Judicial que garantice justicia para todas y todos, no solo para unos cuantos.
Además, esta reforma está en sintonía con la transformación que vive el país bajo el liderazgo de la Dra. Claudia Sheinbaum, quien ha sido clara: la democracia no solo se defiende en las urnas, se profundiza todos los días garantizando que cada poder sirva realmente al pueblo. Este es el segundo piso de la transformación: justicia cercana, derechos garantizados y un Estado que no dé la espalda a la gente.
Como legisladora, pero también como ciudadana, estoy convencida de que este ejercicio es una oportunidad única para que la gente recupere la confianza en la justicia. Porque la justicia sin pueblo es privilegio, pero la justicia con pueblo es democracia. Y hoy, México tiene la oportunidad de hacer historia.